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Nombrar las cosas para quien las usa

Lo que una palabra promete

Está muy extendido llamar «monedero» a la app donde guardamos nuestras criptomonedas. Pero las monedas no están en la app. Ni en el móvil, ni en el ordenador, ni en ningún aparato que tengamos en casa.

¿Importa el nombre? Más de lo que parece.

Lo que una palabra promete

Las interfaces viven de metáforas. El escritorio, la carpeta o la papelera nos ayudan a entender algo nuevo a partir de algo que ya conocemos. Funcionan muy bien mientras la metáfora coincide con la realidad.

En diseño se habla de modelo mental: lo que la persona cree sobre cómo funciona un sistema. No tiene por qué parecerse a cómo funciona de verdad. Y cuando ambos se separan, aparecen los errores.

Un monedero de cuero guarda billetes dentro. Si lo pierdes, pierdes el dinero. Con un «monedero» de criptomonedas pasa justo lo contrario: si pierdes el móvil, tus monedas siguen intactas, siempre que conserves las 12 o 24 palabras de tu semilla. Y si alguien obtiene esas palabras, puede llevarse los fondos aunque el móvil siga en tu bolsillo. La palabra promete exactamente lo que no es.

Las tres piezas que esconde un monedero

Lo que solemos llamar monedero hace en realidad tres trabajos distintos, y conviene distinguirlos.

El nodo guarda una copia completa del historial de la red, comprueba que cada transacción cumple las reglas y es quien sabe realmente cuánto tiene cada dirección. Bitcoin Core, por ejemplo, es el software de nodo más usado en la red de Bitcoin.

El cliente es la aplicación que usamos a diario. Consulta los saldos a un nodo, prepara las transacciones y las envía a la red una vez firmadas. Sparrow es un buen ejemplo de cliente para Bitcoin: puede conectarse a un nodo propio o al de un tercero.

El dispositivo de firma custodia las claves privadas y firma las transacciones, normalmente sin conectarse nunca a internet. COLDCARD, Trezor o Ledger son algunos ejemplos. Se les suele llamar «monederos fríos», aunque tampoco guardan ninguna moneda: guardan la llave.

Cuando el nombre engaña

Quien piensa en «un monedero» ve una sola cosa, y las decisiones importantes quedan escondidas dentro.

La primera es la privacidad. La mayoría de clientes se conectan por defecto a nodos de terceros para ahorrarse descargar todo el historial. Es cómodo, pero ese tercero puede ver qué direcciones consultas y relacionarlas contigo. Quien no sabe que existe un nodo no puede elegir uno.

La segunda es la seguridad. Muchos clientes permiten guardar las claves en el propio móvil u ordenador, conectados a internet todo el día. Es lo que se conoce como «monedero caliente». Para pequeñas cantidades puede bastar; para los ahorros de una vida, conviene separar la firma en un dispositivo aparte. Pero para elegir entre las dos opciones, primero hay que saber que son dos piezas distintas.

Nombrar para quien usa

Esta lección no es exclusiva de las criptomonedas. Cualquier producto digital toma decisiones de nombre a diario, y cada una construye o rompe el modelo mental de quien lo usa.

Gmail ofrece un buen ejemplo. Junto a «Eliminar» tiene un botón llamado «Archivar», que saca el correo de la bandeja de entrada sin borrarlo: sigue disponible en «Todos los mensajes». Dos palabras distintas para dos acciones distintas, y cada una describe lo que pasa, no cómo funciona por dentro.

Algunas pautas sencillas ayudan mucho. Nombra las cosas por lo que hacen para el usuario. Usa las palabras que él ya utiliza, aunque no sean las técnicas. Y una vez elegido un nombre, mantenlo igual en toda la aplicación.

La prueba de la primera vez

Una palabra bien elegida enseña cómo funciona algo sin necesidad de un manual. Una mal elegida obliga a desaprender, y a veces se aprende por las malas.

La próxima vez que bautices un botón, una sección o un producto entero, pregúntate qué creerá alguien que lo vea por primera vez. Si la respuesta coincide con la realidad, has elegido bien.

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